el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 29 de septiembre de 2016

HOY SOLO DOS

Me acabo de bajar el sexto integral de Valerian editado por Norma, que es el que trae los álbumes Rehenes de Ultralum (1996), El Huérfano de los Astros (1998) y En Tiempos Inciertos (2001), que vendrían a ser los tomos 16 al 18 de la colección creada a fines de los ´60 por los maestros Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres. En las tres aventuras se los ve absolutamente cómodos, cancheros, en un equilibrio fascinante entre acción y comedia, y siempre afilados a la hora de meterse con temas que tienen que ver con la realidad socio-política de nuestro presente.
El primer tomo, el más aventurero, nos familiariza con un planeta que funciona como analogía de una nación petrolera de Medio Oriente. Los conflictos de geo-política son más o menos los mismos, el califa actúa como los clásicos jeques árabes y Christin agrega una arista jodida y atractiva: las pésimas condiciones laborales de los trabajadores que extraen el carburante ultralumínico (petróleo, para nosotros). El álbum tiene 59 páginas, cifra bizarrísima para el mercado francés, y en las primeras cinco Mézieres se zarpa con una puesta en página loquísima, alienígena para los lectores de Bande Dessinée clásica, con una splash-page y todo.
El segundo tomo (de 50 páginas) está muy ligado al primero, es su secuela directa, pero el tono vira un poco para darle más cabida a la comedia. Acá Mézieres no innova tanto en la puesta en página, pero es donde más se luce con el color.
Y finalmente, en el tercer tomo también tenemos una cantidad rara de páginas (55), delirios dignos de Moebius y Druillet en el armado de las páginas y viñetas en las que Mézieres cambia totalmente de técnica para incluir pequeñas obras pictóricas, algunas más cercanas a su estilo habitual y otras con técnicas de ilustración digital bien de fines de los ´90. La historia es sumamente ambiciosa: Christin se juega a explicar qué pasó con la Tierra después de la desaparición de Galaxity, mezcla a dos “metáforas” de Dios y el Diablo con una mega-empresa abanderada del capitalismo salvaje y propone un juego bizarro en el que todo el tiempo reaparecen personajes a los que ya habíamos visto en álbumes anteriores, algunos en roles tan chiquitos que no pasan del guiño cómplice al lector más avezado. Es un tomo de hiper-fan service, pensado de punta a punta para que el fiel lector que acompaña desde siempre a Valerian y Laureline experimente un nerdgasmo atrás de otro. Y abre puntas interesantísimas a futuro.
Me está costando conseguir el séptimo integral de Norma, pero lo deseo con toda el alma.
Y me quedo en los ´90, pero retrocedo hasta 1992, cuando salió (y pasó completamente desapercibido) este prestige de Moon Knight, al que rescaté de una mesa de saldos por tener guión de Bruce Jones y dibujos de Denys Cowan. La verdad que no es una joya ni una bosta, es un comic entretenido, competente, para pasar un rato. Lo más notable es cómo Jones (que nunca había escrito a Moon Knight) entiende perfectamente la dinámica entre Marc, Marlene y Frenchie y cómo logra que los vínculos entre ellos se mantengan en el centro de la trama, más allá de que a nivel de “lucha grossa contra el villano” pasan un montón de cosas. Divided We Fall parece un thriller de intriga política, pero en realidad es una historia de relaciones entre seres humanos que se quieren desde siempre, algo que los tiros, las persecuciones y las patadas no logran esconder prácticamente nunca a lo largo de 46 páginas.
Lo más flojo es que al guión de Jones le sobra material para esta cantidad de páginas, con lo cual todo está muy comprimido. Entre la gran cantidad de viñetas que tiene cada página y las tintas de Tom Palmer y Mike Manley, el dibujo de Cowan queda un poco opacado, se le achica bastante el margen para lucirse en toda su dimensión. Hay pocos cuadros que se ven tan maravillosos como las mejores páginas de Cowan en The Question (por ejemplo), pero igual esto está a años luz del nivel estrepitoso de dibujo que se veía en la mayoría de los comics de Marvel en esta época. Si sos muy fan de Moon Knight, de Jones o de Cowan, buscá esta oscura mini-novela gráfica y atesorala. Si no, no te calientes, porque no te va a cambiar la vida.
Sigo avanzando con las lecturas y prometo una nueva tanda de reseñas para muy pronto.

viernes, 23 de septiembre de 2016

TRES DE VIERNES

Arranco con una joya bien actual, una de esas series que nos dan argumentos a los que creemos que la verdadera Golden Age es la que se está viviendo ahora. En el primer TPB de Injection, Warren Ellis y Declan Shalvey nos invitan a repensar el futuro de la mano de las cinco mentes más brillantes del Reino Unido: una especie de Sherlock Holmes, una especie de 007, una mina genia de la bioquímica y la física, una mina hiper-capa de la informática, y una especie de John Constantine, especialista en mitos y folklore del archipiélago, que niega tener poderes mágicos pero obviamente los está escondiendo. Entre los cinco, le inyectaron a la realidad una anomalía, una entidad artificial no física, no mecánica, pero con vida, raciocinio, capacidad de aprendizaje y sobre todo el poder para modificar el presente y acelerar el futuro.
Dicho así parece muy complejo. Pero leído en el comic, Injection es una especie de Planetary más cerebral, menos orientado a la machaca. Ellis no descuida el desarrollo de los personajes, riega todo con diálogos brillantes y personajes secundarios promisorios y logra engancharnos con una trama en la que (por ahora) hay poco margen para la acción. El irlandés Declan Shalvey acompaña con un dibujo elegante, expresivo, lleno de sutilezas y detalles logradísimos, por supuesto muy potenciado por la paleta de la infalible Jordie Bellaire. Injection no es tan emotiva como Trees, pero no se queda atrás en materia de conceptos cautivantes y personajes copados. Hiper-recomendable para fans de Ellis, o de la ciencia-ficción finoli, o de comics que –sin romper definitivamente con la aventura- se animen a no subirse al más de lo mismo.
Me voy a Chile, donde el año pasado se publicó Melodía, una novela gráfica de Gaspar Ortega en la que se nota mucho la influencia del genial Junji Ito. Melodía busca por todos los medios parecerse a uno de los mangas de este seminal autor, y la verdad es que las ideas con las que juega Ortega no tienen mucho que envidiarle a las de Ito. El chileno incluso se apodera de recursos narrativos típicos del manga de terror, se esfuerza por reconstruir ese tipo de clima, le pone énfasis a las secuencias mudas… No se puede decir que Ortega no haya hecho los deberes.
El problema es, básicamente, que no dibuja tan bien como Ito. No logra decidirse por una técnica de entintado y combina varias, muchas, más de las que conviene pelar en una misma página. Y la anatomía también, tiene pequeños desajustes que quizás Ito mostraba en sus primeras obras, pero no en las más recientes. Con menos efectos gráficos y con una impronta más personal, más original, no tengo dudas de que Gaspar Ortega podría generar una obra de gran nivel. Esta vez, se quedó en las buenas ideas.
Y cierro con la edición argentina de Zonzo, el primer libro de Joan Cornellá que se publica en nuestro país. Acá vemos al autor catalán hacer lo que mejor hace: historietas mudas de una o dos páginas, divididas en cuadros de idéntico tamaño y repletas de un humor que sorprende por la forma en que combina mala leche y absurdo.
Cornellá juega todo el tiempo al contraste entre su grafismo simple, amistoso y luminoso, y los chistes en los que suelen abundar la sangre, los muertos, las atrocidades y las porongas. Como suele suceder, algunos chistes son más graciosos que otros, pero en general disfruté mucho de la crueldad y el morbo del catalán y de su ingenio para mover la cámara y sorprendernos. Por ahí el dibujo y el color no me copan tanto, pero –como ya dije- es una estética pensada para contrastar con el contenido sórdido y macabro de los chistes. Si sos fan del humor sin barreras, en el que vale todo para hacer reir, las breves historietas de Cornellá se van a instalar definitivamente en tus retinas y te van a causar una mezcla adictiva de gracia, revulsión y WTF?!.
Grazie per tutti y nos leemos la semana que viene.

lunes, 19 de septiembre de 2016

OTRA VEZ TRES

Difícil imaginarse una novela como Crimen y Castigo (la obra maestra de Fiodor Dostoievski) reversionada por el maestro Osamu Tezuka. Son esas cosas que hasta que no las tenés en las manos, no podés creer que existen. Esta historieta existe, fue realizada en 1953 por el Manga no Kamisama y, como apenas llega a las 130 páginas, la extinta editorial Otakuland la publicó junto con Lemon Kid, otra historieta de Tezuka de ese mismo año.
Estamos hablando de un Tezuka tempranero, de aquel autor que pensaba básicamente en los chicos como público de su obra, lo cual explica por un lado cierta precariedad en el grafismo del maestro, y por otro esa impronta tan cercana a la de los dibujos animados clásicos de la Warner y los hermanos Fleischer, con esos movimientos ampulosos y esos gags en los que los personajes se golpean y tropiezan cada dos escenas. Sin embargo, Tezuka hace pocas concesiones a la hora de bajarle la truculencia o el morbo al clásico de la literatura rusa: los hechos de la novela no están demasiado suavizados, ni trivializados. A pesar de los chistes pavotes, sigue siendo una historia sórdida, de asesinatos, mentiras, miserias, traiciones, obsesiones y grieta social entre ricos y pobres, con la revolución de 1917 como marco histórico. Tezuka resume, simplifica y sobre todo narra en otro idioma (el de las imágenes secuenciales) la historia original. Así es como Crimen y Castigo pasa a ser un relato dinámico, intenso, con mucha indagación en la psiquis de los personajes (principalmente Raskolnikov) pero también con mucha acción.
Y la otra historieta, el western Lemon Kid, es brillante. Creada 100% por el maestro, es una cátedra de revisionismo en la que Tezuka le da carnadura humana a los típicos héroes y forajidos del Lejano Oeste, como para demostrar que ese género también lo tenía perfectamente estudiado. Es un historia realmente bellísima, redonda, atrapante, a la que no le falta ni le sobra nada.
Sin sacarme el kimono me vengo a Argentina, al 2016, cuando se publica Bushido, la primera novela gráfica del cordobés Hernán González. En realidad, el término “novela gráfica” le queda un poco grande a Bushido, dada su breve extensión (49 páginas con pocas viñetas en cada una), pero bueno, ya le encontraremos el término cool y comercialmente viable a este tipo de relatos. ¿Qué más le falta a Bushido? Creo que dos cosas: en primer lugar, más espacio para desarrollar al personaje principal y que nos importe un poco más lo que le sucede. Y en segundo, más claridad en la narrativa, ser menos críptica en la forma en que se muestran los sucesos. A uno, como difusor de este medio, le gusta que cada historieta pueda ser disfrutada por un público amplio; y la verdad es que Bushido parece pensada para ser decodificada por un lector que se bajó toneladas de historieta experimental y rara. Una pena, porque la idea es buenísima, y porque el dibujo de Hernán González estalla con una magia única, original, de una potencia expresiva que por momentos nos hace preguntarnos si no estaremos viendo el nacimiento de un nuevo José Muñoz.
Me siento un hijo de un tren cargado con siete millones de putas y manejado por el ministro Aranguren por dedicarle apenas un parrafito a las casi 120 páginas de historieta que ofrece Mister X: Eviction, pero lo que tengo para decir sobre este material (originalmente serializado en 2013) es muy simple: me parece lo mejor en los 30 años de trayectoria del personaje. Sí, mejor que la saga que dibuja Jaime Hernández. Acá el maestro Dean Motter está recontra-afianzado en su estilo, el timing de los guiones es perfecto, la combinación entre novela negra, cine expresionista alemán de los años ´30 y ciencia-ficción limada funciona como un relojito y el laburo que hay en el desarrollo de los personajes es encomiable. Además dibuja, colorea y rotula todo el propio Motter, en una línea estéticamente impecable, con trucos narrativos heredados de Will Eisner, diseños de autos, trajes y edificios que lo emparentan con Daniel Torres y un manejo de la composición y de la mancha negra más cercanos a un Darwyn Cooke. Si nunca leíste Mister X, no empieces por acá. Pero empezá rápido, así llegás a este libro donde –repito- me encontré con las historias más sólidas de este personaje que milita desde 1984 en las márgenes del mainstream norteamericano.
Gracias por estar ahí y la seguimos en cualquier momento.

jueves, 15 de septiembre de 2016

VAMOS CON DOS MAS

Nunca había comentado comics de The Question en el blog, porque cuando le empecé ya había leído los primeros cuatro de los seis TPBs que recopilan (casi) toda la maravillosa serie de los ´80, en la que brillaron como nunca Denny O´Neil y Denys Cowan. Ahora le entré al quinto tomo y me queda pendiente conseguir barato el sexto y regalarle las revistitas a un amigo que las tenía en castellano, en la edición de Zinco.
Este es un tomo de transición, es lo que va entre un suceso fundamental para la serie (Myra Fermin gana las elecciones pero su marido le encaja un tiro y la deja al borde de la muerte) y el arco final, que obviamente no te voy a contar, en parte porque lo leí hace mil años y me acuerdo poco y nada. En estos seis episodios, Hub City no tiene autoridades y está más caótica y peligrosa que nunca. Un comisario honesto, Izzy O´Toole, se trata de poner al frente de la lucha contra los violentos y The Question lo va a tratar de ayudar. En el medio va a reaparecer Lady Shiva a tirarle nafta al fuego y cuando Myra revele su plan para retomar el control sobre la ciudad, buenos y malos se mirarán con cara de ¿WTF?!?. Por supuesto de lo que habla O´Neil es de la violencia, y nos invita a preguntarnos si salir a repartir piñas y patadas por la calle sirve o no para acabar con ella.
Además tenemos un unitario 100% fan service (Question vs. Riddler), en el que toda la chapa se la lleva un personaje creado y finiquitado en ese episodio. Y un segundo unitario que gira en torno a “la magia de la historieta”. Los dos están muy bien, aunque el del Riddler lo dibuja Bill Wray, en un estilo que no le sienta para nada bien. Poner a Wray a imitar a Cowan en un estilo cuasi-realista es desaprovecharlo por completo, como tener Direct TV y mirar Canal 7. En los cinco episodios restantes, Cowan se luce en la narrativa, en las escenas de pelea, e incluso sale bien parado de las secuencias superpobladas de diálogos. La tinta de Malcolm Jones III lo tapa un poco, no lo potencia tan bien como lo hacían las de Rick Magyar, pero igual el estilo de Cowan se impone por su propio peso gráfico. No hace falta que te recomiende que leas The Question, no? A esta altura, ya es una obviedad tan irrefutable como la ineptitud de Patricia Bullrich.
Y un día volvío Sento. Uno de los autores clave del comic español de los ´80, un referente de la línea clara valenciana y del estilo atómico, reapareció en 2014 con Un Médico Novato, una novela gráfica basada en hechos reales, que iba a publicar Sins Entido y terminó publicando Salamandra.
Lo único que le puedo criticar a Un Médico Novato es que está demasiado pensada para ganar premios y gustarle a los jurados de concursos y festivales. Es la típica historia de un pibe optimista, copado y laburador, al que de la nada le cae una dictadura que lo mete preso, mientras sus amigos, colegas, parientes, novias, etc., hacen lo que pueden para no ser los próximos en una larga lista de torturados, fusilados o desaparecidos. Sento toma una historia real sucedida en los albores de la Guerra Civil Española y la narra con maestría, virtuosismo y emoción, sin olvidarse nunca de bajar la línea política que garpa en este caso. No se le puede decir ni mu.
Por supuesto, si bien la historia de Pablo es real, el autor le puso su impronta a la (re)construcción de villanos y personajes secundarios y obviamente a la forma en que el relato se construye viñeta a viñeta, con secuencias realmente muy logradas y un laburo titánico en la recreación de la época.
Al dibujo de Sento le pasó algo muy raro: ¡se convirtió en un clon de Marcos Vergara! Si me mostrás este libro sin decirme quién lo dibujó, yo te digo “Es obvio que Marcos Vergara”. Y bueno, si leés este blog hace un tiempo, sabés que me encanta cómo dibuja Vergara. Extraño el trazo del Sento de los ´80, más estilizado, más anguloso, con más masas negras, pero esto me transmitió una calidez que no tenía (por ejemplo) Velvet Nights.
Un Médico Novato es una novela gráfica recontra-solvente, pensada para impactar también en el público que habitualmente no lee historietas pero se copa con las novelas históricas, o con la (aún hoy candente) temática de la Guerra Civil Española. Ojalá esta sea apenas la primera de una larga lista de obras en esta “segunda etapa” de Vicent Llobell (que así se llama Sento) como autor de comics.
La seguimos pronto.

viernes, 9 de septiembre de 2016

OTRAS DOS LECTURAS

Arranco con un one-shot de 2006 titulado simplemente “She-Dragon”, con guión del maestro Erik Larsen y dibujos de un muchacho al que no conocía, llamado Franchesco!, así, sin apellido y con signo de exclamación. Esto es rarísimo. 46 páginas donde abundan la machaca y las minas con cuerpo de vedettes y escasísima vestimenta y que de alguna manera tratan de hacerse pasar por una historia autoconclusiva.
El principal obstáculo es que esto está pensado para ser leído en simultáneo con la saga que en ese momento se estaba publicando en la revista Savage Dragon (alrededor del n°117, o por ahí) y si lo leés 10 años después, o si nunca leíste esa saga de Dragon, no se entiende un carajo. Incluso el final no es un final, porque te aclaran que la historia continúa en otro número de Savage Dragon. El one-shot consiste en mostrarte un pedazo de una saga grossa desde la óptica de un personaje secundario, en este caso She-Dragon, y de paso hacer mucho más obvias las similitudes (bastante notables) entre esta heroína y She-Hulk. Pero te juro que –incluso conociendo bastante a la protagonista- no se entiende nada. Recién al final, hay un epílogo de Larsen en el que, a lo largo de dos páginas de texto, explica más o menos qué fue lo que leímos, subraya algunas referencias crípticas (convencido de que nadie las pescó) a otros hechos y personajes del Universo Dragon, sitúa la historia en una época y una continuidad específicas (sí, Dragon tiene varias continuidades) y nos cuenta más o menos de dónde salió cada uno de los personajes con un rol importante en la trama.
A lo largo de las 46 páginas de historieta, el guión tiene mucho ritmo pero derrapa hacia la machaca y se llena de excusas pelotudas para que esta chica pierda la ropa y exhiba la mayor cantidad de nerca que se puede exhibir en un comic apto para todo público. Y ahí es donde la rompe Franchesco!. No en la narrativa, no en los fondos, no en las expresiones faciales. En las escenas en las que She-Dragon y una villana aparecen dibujadas de cuerpo entero, en poses tipo pin-up girls. De hecho, los pin-ups que aparecen después de la historieta son todos gloriosos. Pero en la historieta se combinan los bocetos de Larsen (que resuelve la puesta en página rapidísimo y sin pifiarla jamás) y las pretensiones de impacto y sofisticación anatómica de este dibujante al que los fans más cabeza habrán elevado al status de semi-dios por la cantidad de planos que encontró para mostrar a She-Dragon muy en bolas sin que se vean pezones ni genitales. El diseño de los trajes no es muy original (nótese el afano al traje asgardiano de Storm creado por Arthur Adams), pero cuando la ropa desaparece y la bomba verde queda en paños menos que menores, los pajeros aplauden de pie, aunque con una sola mano.
Hablando de pajeros, este año se recopiló en un muy lindo librito Yo&Yo, la historieta autobiográfica de Aníbal Ocanto Romero, también conocido como Anibaleitor, que se publicó durante varios años en la web. Como tantos “autobiografistas”, Anibaleitor elige mostrarse como un nabo absoluto, un perdedor especialista en dar lástima, un fracasado eternamente condenado a la soledad, la angustia y la paja. Algunas anécdotas son más graciosas, otras menos, pero siempre las redime el alto grado de patetismo involucrado. Lo más interesante llega cuando Anibaleitor vuela un poco más y les cede el protagonismo a tres personajitos que representan a su cerebro, su corazón y su poronga. Los diálogos entre estos tres “avatares” y su correlato con lo que le sucede al protagonista en el otro plano de realidad son lo más redondito que tiene Yo&Yo.
El dibujo está bien, muy trabajado, sin nada librado al azar. Lo que no me copa es que Anibaleitor se dibuje a sí mismo en un estilo bastante caricaturesco y al resto de los personajes (especialmente las minitas) con rasgos mucho más realistas. Yo hubiese ido a fondo en el estilo más simple, más caricaturesco, que es el que mejor se adapta al grotesco, al humor, e incluso a la ternura, que son los elementos centrales de estas mini-historias. Pero lo más importante, que es que el dibujo sea claro, expresivo y funcional al timing y a los diálogos, está logrado. Y hay chistes de tetas, culos, soretes, forros, erecciones y eyaculaciones, así que está todo bien.
Tengo más libros leídos, así que la seguimos muy pronto.

sábado, 3 de septiembre de 2016

DOS RESEÑAS MAS

Hora de entrarle al segundo tomo de Suburban Nightmares, con más material de los maestros canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas, pero ahora ya todo realizado en los ´90. Esta vez la estética de las historias es más homogénea, pero porque también son sólo tres historias. La primera (la más corta) no se diferencia mucho de los trabajos más conocidos de Cherkas (The Silent Invasion). La segunda, en cambio, se acerca peligrosamente a lo que en esa misma época hacía David Mazzucchelli en Rubber Blanket, con pinceladas más sueltas y manchas más brutales. Y la tercera (la más larga) incorpora un trabajo alucinante en los fondos, que aparecen magnífcamente “ensuciados” con unas texturitas logradas con un plumín casi quirúrgico, casi en sintonía con el tratamiento que (también en esta misma época) le daba Eddie Campbell a los fondos de From Hell. Entre una cosa y otra, Cherkas parece despegarse del típico look de “linea clara posmoderna” o “estilo atómico” y buscar otra identidad gráfica, lo cual me parece perfecto, porque está bueno que los dibujantes con talento no se queden quietos.
En cuanto a los guiones, el primero es casi una fórmula, se ve venir todo el tiempo. El segundo, muy jugado a la revelación del final, es excelente. Y el tercero se me hizo un poquito largo, pero recontra-garpó, porque Hancock nos pega sobre el final un par de mazazos demoledores, que en parte pegan así de fuerte porque los conflictos se tensaron al máximo a lo largo de tooodas esas páginas previas. Esto es material raro, que creo que nunca se publicó en castellano, pero con un nivel altísimo en la narrativa, en la construcción de las tramas y en la disección (con bastante mala leche) de esa época pseudo-idílica que es la década del ´50 en la clase media suburbana de los EEUU. Muy recomendado.
Por suerte pasa lo contrario con Monstruos & Otras Historias: esta obra maestra tiene edición argentina y es fácil de conseguir. Este librazo también incluye tres historias autoconclusivas, todas a cargo del genio, el ídolo, el devastador Gustavo Duarte, seguramente el mejor historietista surgido en Brasil en lo que va de este milenio. Duarte es una bestia, en cuyo estilo conviven lo mejor de Walt Kelly y Albert Uderzo, pero totalmente aggiornados. No me quiero colgar hablando de los guiones, pero la hacemos corta: el tercero y más extenso (Monstruos, el relato que da título al libro) es majestuoso, y los otros dos, rarísimos pero tremendamente satisfactorios.
Lo que realmente me detonó el cerebro, más allá de la extraordinaria calidad de guiones y dibujos, es cómo Duarte se las ingenia para narrarnos todo esto sin palabras. Las tres historias son mudas, y la cantidad de recursos gráficos y narrativos que pone en juego el autor para suplir la falta de textos es algo realmente increíble, difícil de igualar. Cada encuadre está milimétricamente pensado para que esa imagen contribuya a hacer avanzar la historia, e incluso para decirnos cosas acerca de los personajes. El ritmo, la composición de cada viñeta, el armado de cada página, cada detalle en los fondos, la incorporación en los momentos justos de las masas de negro y los toques de azul, los momentos en los que los personajes traspasan los bordes de las viñetas, o estos últimos desaparecen por completo… TODO está controlado a nivel molecular por este maestro de la comedia, la sorpresa y el impacto. Que además tira esa magia (digna de André Franquin), con la que –si bien tiene todo fríamente calculado- te hace sentir que no, que estás presenciando un kilombo infernal, un torbellino de acciones y emociones sin control. Lo que vemos es, en realidad, un caos perfectamente planificado, en el que siempre lo más importante es la claridad del relato. Por encima de cualquier despliegue de virtuosismo y por encima del impacto que generan las imágenes (y creeme, el impacto es zarpadísimo), Duarte siempre prioriza la fluidez del relato, la claridad, la posibilidad de que ese silencio se vuelva elocuente y te narre de forma contundente estas historias grandilocuentes, oníricas o demenciales, según los casos. Ya publicado en Francia y en Brasil, no tengo dudas de que Monstruos se va a convertir en un clásico indiscutido del comic, un libro del que vamos a seguir hablando durante décadas, porque siempre que lo leamos nos va a atrapar y nos va a enseñar bocha de cosas acerca de la narrativa gráfica, de la gramática misma de la historieta. Te juro que pocos autores la tienen tan clara como Gustavo Duarte.
Nos reencontramos pronto con más reseñas y ¡Feliz Día de la Historieta para todos!

jueves, 1 de septiembre de 2016

HOY, DOS CLASICOS

Al final (y como casi siempre) tenía razón mi amigo, colega y referente Norman Fernández. El me quemó la cabeza con Ivo Milazzo, un dibujante italiano del que yo recordaba vagamente haber leído algún unitario hace mil años en la Cimoc, mientras que para Norman es algo así como el historietista vivo más grande del mundo. Desde mi último encuentro con Norman, releí esos viejos unitarios de Cimoc y me clavé en un viaje en subte este libro de 1980, casi 100 páginas escritas por Giancarlo Berardi y protagonizadas por Ken Parker, una especie de “Corto Maltés del lejano Oeste”, al que la dupla le dedicó infinitos álbumes entre 1977 y 2015.
La verdad que no estoy para afirmar que Milazzo es el Más Grande, pero… ¡qué dibujante, la puta que lo parió! El tipo te resuelve todos las figuras con un trazo muy finito, siempre del mismo grosor (como Gustavo Trigo cuando sacaba sus historietas con fritas) y después mete manchas negras no con el pincel a lo Hugo Pratt (como hacía Trigo), sino con una especie de fibrón al que le queda poca tinta, con el que logra un efecto alucinante. Se mata en los fondos, el color es sobrio y funcional al dibujo, y te parte en ocho mil pedazos con la narrativa, que sin dudas es su punto más fuerte. Por ahí en 96 páginas pareciera que cuenta poco, porque prácticamente no hay páginas de más de seis viñetas (y hay muchísimas de cinco). Pero el ritmo de esta saga es apasionante y Milazzo elige siempre bien las instancias en las que elimina los fondos, o los bordes de los viñetas, para subrayar momentos o expresiones invariablemente bien graficados.
El guión de Berardi tiene un montón de elementos del western clásico, con tiros, piñas, persecuciones, ladrones de bancos y timberos de saloon, pero se las ingenia para no caer en la fácil de “buenos contra malos”. Obviamente Ken Parker es el héroe, pero su coprotagonista en esta ocasión es un personaje complejo, ambiguo, muy bien trabajado. Y entre el elenco de secundarios también hay unos cuantos hallazgos. Voy por más álbumes de Ken Parker, o por cualquier otro trabajo de impronta más o menos autoral que lleve las firmas de Berardi y Milazzo.
Vamos con otra gloria de los ´80. Para festejar que conseguí muy barato el TPB, me volví a leer Skreemer, la gema que allá por 1989 puso en el mapa de los grandes guionistas al inmenso Peter Milligan. Skreemer tiene un problema: al ser una obra de autores ingleses publicada en EEUU a fines de los ´80, carga con la pesada mochila, con la tremenda presión de intentar pegar como pegó Watchmen, o por lo menos de tratar de llegar a ese mismo segmento del público que se cebó con el comic gracias a la monumental obra de Alan Moore y Dave Gibbons. Eso explica, por ejemplo, que Skreemer no tenga ni el más mínimo atisbo de humor, y que su mensaje sea de bajón, oscuridad y desesperanza. Eran tiempos en los que, para ser leídos por el público adulto, los comics tenían que ser amargos.
Pero Milligan hace muy bien el que quizás sea el mejor truco de Watchmen. La obra de Moore reproducía la estructura, el esqueleto, de la novela policial hard boiled, para luego vestirla y decorarla con elementos del comic de superhéroes, de modo que –vista superficialmente- Watchmen parecía una historia de justicieros enmascarados. Milligan hace algo parecido: en la superficie, Skreemer parece un thriller de gangsters que rosquean y se matan entre ellos. Pero lo que realmente sucede tiene más que ver con el drama humano, potente y clásico como el que más. Milligan explota a full ese fatalismo típico de la tragedia griega, le mete intrigas palaciegas que recuerdan a William Shakespeare y su Macbeth, y toques de conciencia social, en la línea “qué mal la pasan los pobres” al estilo Charles Dickens. El resultado es un comic crudo, brutal, impredecible hasta la última página, en el que el desarrollo de personajes y los malabares narrativos (la omnipresente sombra de Watchmen) le ganan por goleada a los tiros y la machaca.
Los dibujos, a cargo del fallecido Brett Ewins y el siempre sólido Steve Dillon, están muy bien, aunque todo el tiempo se nota que hay uno (Ewins) que se quiere zarpar y llevar el grafismo y la puesta en página al extremo, y otro (Dillon) que quiere bajar un cambio y ofrecer un producto más careta, más convencional, más reader-friendly. Felizmente, el equilibrio entre ambos funciona bien, no así el trabajo del colorista Tom Ziuko, que hoy se ve chato, poco esmerado, excesivamente apagado en algunas secuencias y con una estridencia que te encandila en otras. Si hace mucho que no revisitás a este clásico, date una vuelta por la violenta saga de Veto Skreemer.

martes, 30 de agosto de 2016

HOY, UNA SOLA RESEÑA, COMO ANTES

Tengo varios libros leídos y –a falta de un criterio mejor- arranco a reseñar el más antiguo.
R. Crumb´s Carload o´Comics es un libro mítico, una antología editada en 1976 con 176 páginas de historias cortas del glorioso Robert Crumb realizadas entre 1968 y 1975. Mucho de este material ya lo tenía en comic-books, pero cuando vi este libro, no me pude resistir. Acá está el Crumb underground en su más pura esencia. Están Mr. Snoid, Angelfood McSpade, Mr. Natural, las primeras historietas autobiográficas del ídolo, historias rarísimas, totalmente experimentales, en las que no hay el más mínimo atisbo de un argumento, chistes de una página absurdos o asquerosos… y una historieta larga (14 páginas) que se publicó por primera vez en este tomo. Ah, y un prólogo de Harvey Kurtzman.
Creo que lo más sorprendente de estos trabajos de Crumb -además de la calidad del dibujo, que está fuera de escala- es lo salvaje de las historias. La verdad es que el 70% de lo que se ve en este libro hoy no lo publicaría nadie, ni el fanzine más outsider. No sólo vemos a Crumb dibujar a los negros como una caricatura racista, y humillarlos sistemáticamente. Eso casi pasa por gracioso. No sólo hay chistes macabros con drogadictos, indigentes y policías que reprimen y torturan. El tema es las cosas que les pasan a las mujeres en las historias de Crumb. El ídolo las dibuja como diosas esculturales, siempre más grandotas que los varones, y hasta ahí parece casi la inocente fantasía de un pajero irremediable. Pero después las somete a todo tipo de ultrajes, con un nivel de violencia espeluznante. Incluso en las historietas autobiográficas, donde el propio Robert es el protagonista, estos minones terminan empomadas, torturadas, pisoteadas, vomitadas, montadas, enroscadas, con un tipo metido en el culo o con una chota metida en la boca. El caso más tremendo es el de Big Baby, una chica con discapacidad mental a la que entre Mr. Natural y Salty Dog Sam (un negrito presidiario que habla con faltas de ortigrafía) le hacen de todo.
Por ahí en los ´60 y ´70 el público no reaccionaba negativamente ante las atrocidades que mostraba Crumb porque las historias aparecían de modo espaciado, en distintas publicaciones de circulación por lo menos errática. Pero todo esto leído así, en un libro de más de 170 páginas, una historia atrás de otra, impacta grosso. Hoy te juro que no hace falta ser feminista, ni militante del Ni Una Menos, para decir “baje un cambio, maestro, que esto ya está MUY pasado de rosca”. Obvio que igual te cagás de risa, porque la incorreción política está puesta al servicio del humor, y además el propio dibujo te subraya que es todo una gran joda, con esa reformulación increíble de los estilos de los dibujantes humorísticos de los años ´30 que tan bien le salía a Crumb antes de volcarse por esa impronta más realista que lo caracteriza en las últimas décadas.
Obvio que si sos fan de Crumb no querés un “greatest hits” del ídolo, sino TODA su obra, y para eso no hay nada como los Complete Crumb Comics que editaba Fantagraphics. El Carload o´Comics (que se sigue reeditando cada tanto en distintas editoriales) es para entrar al mundo de Crumb por su lado más zarpado y para atesorar un libro mítico, del que nunca creí que iba a conseguir la primera edición.
Y bueno, me fui al carajo, pero Crumb se merecía una reseña extensa. No me queda tiempo ni espacio para meterme con un segundo libro. Si tengo un rato mañana, sigo avanzando.

miércoles, 24 de agosto de 2016

TRES NUEVAS LECTURAS

Acá estamos, con otros tres libros leídos y un ratito para reseñarlos.
Arranco con Ka-Zar: The Burning Season, una saga de 2011 escrita por el británico Paul Jenkins y dibujada por el francés Pascal Alixe. Al dibujo le falta un poquito de dinamismo, le falta comprometerse un poco más con la narrativa, pero tiene un gran punto a favor: se ve MUY bien. Alixe es una especie de Olivier Coipel más detallista, y los coloristas Jesus Aburtov y Jorge Maese dejan la vida en cada viñeta para potenciar muchísimo cada imagen que sale del lápiz del francés. Además les añaden unas texturas y unas iluminaciones increíbles a los fondos, para que se note menos que son fotos de dudosa procedencia. De todos modos, lo realmente grosso de esta saga es el guión. Jenkins vuelve a animarse a lo imposible, en una historia en la que se dedica, básicamente, a explorar la relación entre los países pobres del Tercer Mundo y el mega-capitalismo global. La famosa Savage Land se convierte en una metáfora por momentos de los países petroleros de Medio Oriente y por momentos de los países de Africa, mientras que la corporación Roxxon juega el rol del Empresario Garca que se quiere quedar con todo. ¿Qué rol cumple Ka-Zar en una historia cuyo conflicto principal es decididamente socio-económico? Un rol chiquito, a tal punto que podría no estar. Pero para que esto lo publicara Marvel, hacía falta una trama aventurera, algo que se pudiera resolver a los bifes, y ahí es donde entra Ka-Zar. No es que Jenkins se esfuerce mucho por darle bola ni sentido a esa trama más “de machaca”, pero está y funciona como complemento menor de lo otro, que es lo que hace interesantísima, emotiva y muy recomendable a The Burning Season.
El año pasado, la editorial Humanoïdes Associés relanzó la franquicia del Metabarón con una miniserie en dos tomos, basada en ideas de Alexandro Jodorowsky, escrita por Jerry Frissen y dibujada por Valentin Secher. Difícil opinar habiendo leído nada más que la primera mitad de esa miniserie, pero bueno, vamos a intentarlo. Me costó mucho bajarme estas 52 páginas y no porque estuvieran escritas en francés. Los diálogos de Frissen me resultaron aburridos, predecibles, anticuados, nada que ver con sus otros trabajos. Acá todo está muy explicado, muy masticado. Los malos nos recuerdan todo el tiempo lo malos que son, el robot Tonto trata de meter sus clásicos chistes pavotes y hasta los bloques de texto narrados en tercera persona se esfuerzan por no dejar nada librado a la imaginación del lector. La idea es interesante. Está estiradísima, pero tiene esa chispa de genialidad que pelaba Jodorowsky en La Casta de los Metabarones. Habrá que ver cómo la resuelven. Los conceptos están, porque este arco toma varias puntas de La Casta… para reactivarlas y explorarlas desde otro lado. El Metabarón, fiel a su estilo, habla poco y (al menos en este tomo) hace muy poco. Por supuesto que le alcanza la chapa para hacer sentir su presencia en la trama aunque casi no aparezca, pero uno es fan y quiere verlo más. El dibujo de Valentin Secher me resultó un poco frío, una onda Vicente Segrelles pero más dark. De todos modos es imponente su manejo de los fondos, de la figura humana y del color. Quiero verlo soltarse más.
Y termino con la breve La Sombra de Alec Foster, de Damián Connelly y Alfredo Retamar, a la que no me animo a llamar “novela gráfica” precisamente por su brevedad (menos de 40 páginas). Acá reaparece el principal defecto de Connelly, que son los diálogos, escritos en neutro y totalmente carentes de onda. Y también las virtudes de este guionista: la capacidad de crear climas sombríos, retorcidos, inquietantes, sin recurrir a elementos sobrenaturales. Connelly nos cuenta una vida que podría ser 100% real y logra que nos interesemos a fondo por el personaje en los distintos momentos que visita la trama. Hay buenos conflictos, introspección, misterio y grandes recursos narrativos puestos al servicio del suspenso y la intriga. Lástima que el guión le quedó un poco grande a Retamar, un dibujante correcto, pero al que le falta originalidad y un poquito más de precisión en la anatomía. Retamar se gastó todos los cartuchos en esos primeros planos hiper-realistas del lobo (claramente basados en fotos) que le quedaron impecables. En el resto de la historia, el impacto que me generó el dibujo fue bastante menor y me parece que, en general, está por debajo de lo que merecía el guión de Connelly.
Espero tener nuevos libros leídos para el finde. Por ahora, esto es todo. Gracias por el aguante y hasta pronto.

viernes, 19 de agosto de 2016

SEMANA DE BASTANTES LECTURAS

Entre la peli del Squad y las lecturas que se me acumularon en estos días, venimos con un gran ritmo de posteos en el blog. Este año ya van 35 posts y es bastante probable que de acá al 31 de Diciembre logremos subir 30 más.
Hoy arranco con Judge Dredd: Judgement Day, una saga originalmente serializada entre 1992 y 1993 en el semanario 2000 A.D. y la revista Judge Dredd Megazine. Se trata de una aventura extensa, de casi 160 páginas, escrita nada menos que por Garth Ennis, y con varios dibujantes a los que mencionaré en un toque. La trama es sencilla y quizás demasiado lineal: un hechicero resucita a miles de millones de muertos y genera una plaga zombie que asola al mundo entero. Dredd y otros jueces deberán hacerle frente a la amenaza y ganarán, no sin antes sacrificar las vidas de millones de personas en un genocidio que cualquier héroe posta hubiese dado la vida por evitar. Pero esto es Judge Dredd y acá la vida humana vale menos que la de una cucaracha. Ennis ni siquiera hace demasiado hincapié en la envergadura de la hecatombe que provocan los propios “buenos” y mucho menos en las consecuencias. La meta es derrotar al villano y, con la ayuda del protagonista de Strontium Dogs, lo van a lograr. Los diálogos son irónicos o directamente cómicos, la acción no decae y es todo tan grandilocuente, tan pasado de rosca, que no hace falta ser un genio para detectar que se trata (en cierto modo) de una gigantesca farsa. Entre los dibujantes están el siempre cumplidor Carlos Ezquerra, un flojísimo Peter Doherty (que cuando dibuja sin ganas es infumable), unas páginas alucinantes del maestro Dean Ormston (con efectos expresionistas que más tarde veríamos en Ben Templesmith o Renzo Podestá) y un clon de Simon Bisley de asombrosa similitud, llamado Chris Halls. Un promedio bastante alto para el dibujo, mejor que el del guión, que a pesar de algunos aciertos no pasa de ser “otra de zombies”.
Mara es una historieta de 2013, escrita por el prolífico Brian Wood y dibujada por la hoy consagrada Ming Doyle. Te resumo el argumento: En un mundo sin superhéroes, una persona pela públicamente unos superpoderes zarpadísimos. El gobierno la trata de cooptar, controlar e investigar y para eso le hace tantas guachadas que esta persona se pudre y dice “¿Yo no les hice nada y ustedes me consideran una amenaza? Ahora les voy a dar motivos”. Esto ya lo leímos chotocientas mil veces, y en todo caso lo interesante es ver cómo Wood nos cuenta la historia, porque buena parte de lo que sucede es lo que ya te imaginarás. El ídolo te decora bien la torta, con una buena construcción de personajes, una ambientación futurista bastante interesante y –fiel a su estilo- mete poco diálogo y deja que sea la imagen la que cuente el cuento. Cuando el diálogo aparece, es invariablemente acertado, escueto y nunca es imprescindible. Es la acción y no la palabra lo que hace avanzar a la trama. Al dibujo de Ming Doyle le falta algo, quizás originalidad, o riesgos, pero resulta agradable, es muy funcional al relato y se complementa armónicamente con los hermosos colores de la infalible Jordie Bellaire. Con todo eso tenido en cuenta, Mara es un comic interesante, pero lejos de ocupar un sitial privilegiado o fundamental dentro de la bibliografía de Wood. Si conocés a alguna minita que juegue al voley, no dejes de regalárselo. Vas a quedar como un archiduque.
El año pasado, el 22 de Junio, un goma decía en su reseña de Waibero: “descubrí a un dibujante formidable, con un estilo único, muy atractivo, y ahora me falta leer historietas de El Waibe que me cierren, que me dejen algo, que encuentren lugar para desarrollarse más allá de la idea, que me permitan conectar mejor con ese universo gráfico tan intenso y tan logrado”. Bueno, acá está. Defecaciones Humanas es una novelita gráfica de 48 páginas a todo color, escrita y dibujada por El Waibe, en la que el joven autor saca chapa de grosso. Acá sí, hay un argumento fuerte, un personaje ganchero, una bajada de línea notable, chistes, guarangadas y elementos escatológicos puestos en función de un relato sólido, atrapante, con acción, pasos de comedia, bizarreadas que no tienen (ni requieren) mucha explicación, algo de romance e incluso la posibilidad de dejarnos pensando en temas importantes. El propio autor se convirtió en editor para este proyecto, con lo cual me imagino que habrá hecho una tirada pequeña y que (si bien salió a fines de 2015) es probable que Defecaciones Humanas hoy sea difícil de conseguir. Pero te aseguro que recontra-vale la pena. Esto se podría haber publicado tranquilamente en Fantagraphics, o en la mejor época de El Víbora. Y encima te deja convencido de que la próxima obra que pele El Waibe va a ser aún mejor.
Gracias por todo (especialmente a los que se acercaron a saludar durante Crack Bang Boom) y la seguimos pronto.

miércoles, 17 de agosto de 2016

SUICIDE SQUAD

Esta vez no pude ir a la función de prensa, y terminé viendo la peli en un cine cualquiera, como cualquier mortal. Eso no me jode en lo más mínimo (bueno, sí, esos mega-baldes de pochoclo me resultan repulsivos) pero los días que pasaron entre el estreno en EEUU y mi visita al cine me expusieron (incluso contra mi voluntad) a varias críticas, todas bastante lapidarias. O sea que fui esperando una garcha insostenible. Incluso fui con sueño, convencido de que si la peli no me recontra-atrapaba, iba a terminar apolillando durante los 123 minutos que dura el largometraje.
Bueno, nada de eso pasó. Ni me dormí, ni la peli me pareció una basura inmunda. Me pareció un típico blockbuster cabeza de Hollywood, una Rápido y Furioso en la que en vez de autos hay tipos y minas con superpoderes. Obvia, ramplona, con un guión prendido con alfileres que ni se calienta por explicar un montón de cosas, un claro intento de apelar al mínimo denominador común. Dentro de esos parámetros, me parece que la labor de David Ayer (guionista y director) es aceptable. El tipo se propuso brindarnos dos horas de machaca y chistes y eso no escasea para nada en Suicide Squad.
Pero claro, es Suicide Squad, y los viejos asociamos ese nombre no con la versión para subnormales que se impuso desde el New 52 en adelante, sino con un comic que entre 1987 y 1992 supo sacudirnos con unas historias y un desarrollo de personajes muy difíciles de igualar en los comics, y probablemente imposibles de reproducir en otros medios. De toda esa magia que desplegó el maestro John Ostrander en los comics, el film de Ayer rescata algunas pocas cosas. Una versión bien hija de puta de Amanda Waller interpretada por una demoledora Viola Davis (no sé qué les costaba hacerle usar anteojos para leer, pero bueno…), un Captain Boomerang que oscilaba entre el comic relief y la mala leche más cruel, y un Rick Flag con el que el espectador nunca termina de empatizar, pero que cuando tiene que pelar chapa, la pela.
Para mi sorpresa, Deadshot se bancó bien el protagonismo extra que le otorga el hecho de estar interpretado por Will Smith, aunque claro, el personaje está muy reversionado respecto de aquel al que Ostrander hizo brillar en el Squad. También me sorprendió que el guión le diera tanto peso al Joker (bien interpretado por Jared Leto). Yo creía que iba a aparecer 15 segundos, y que era más un engaña-pichanga para llevar gente al cine que un jugador importante en este partido. Y si bien varias de las intervenciones del Joker podrían omitirse sin que la peli cambie mucho de rumbo, es mucho más que un personaje secundario, su rol va mucho más allá de explicar quién carajo es Harley Quinn. Y la gran incógnita, que era El Diablo, me pareció bien resuelta, uno de los pocos personajes que se desarrolla durante los 123 minutos sin traicionar nunca su motivación original.
El resto me pareció inconsistente, grandilocuente al pedo, apenas entretenido. Me impactó Margot Robbie, la chica que hace de Harley Quinn (jamás la había visto), pero no sé si el personaje está bien logrado, porque hace mil años que no leo comics de Harley Quinn. Me quedo con su figura y su sonrisa, cautivante 100%. En general, me quedo con todo el aspecto visual de la peli, por sobre items como el desarrollo de personajes, o los peligros que deben enfrentar, que son bastante menores o no están tan bien trabajados. Está bien la integración con las otras pelis del Universo DC (grosso Ben Affleck) y valoro el intento de meterle toques de humor a un film que, si lo encaraban para el lado solemne y pasado de oscuridad, podría haber sido un monumento al embole.
En síntesis, no vayas esperando una gran película, porque no la vas a encontrar. Si lo que le pedís es que te entretenga un rato con la estridencia pochoclera que tan bien sabe darnos Hollywood, ahí sí, Suicide Squad cumple con creces la misión.

martes, 16 de agosto de 2016

LECTURAS ACUMULADAS

Entre una cosa y otra, ya tengo cinco libros leídos sin reseñar. Pero vamo´a calmarno´. Reseño tres hoy y el resto en un par de días. Incluso en el medio puede caer la reseña de la peli del Suicide Squad, que tengo pensado ir a ver hoy. En fin, ya veremos cómo nos organizamos.
Arranco con el Vol.14 de Bakuman, otra maravilla indescriptible de los maestros Tsugumi Ohba y Takeshi Obata. Esta vez, un personaje nuevo, Tohru Nanamine, entra de golpe y copa la parada. Casi todo lo que sucede en este tomo tiene que ver con este mangaka novato, astuto, manipulador, sin reparos a la hora de echar mano a recursos de dudosa profilaxis con tal de lograr su meta: publicar en la Shonen Jump una serie que le pase el trapo a las de Muto Ashirogi y sus otros jóvenes colegas. Nanamine es lo más parecido a un villano que vimos en Bakuman desde que se inició, y Ohba dedica mucho espacio a construirlo como un personaje realmente complejo, atractivo, distinto. Para el final del tomo, la “amenaza” de Nanamine parece empezar a desvanecerse, pero no me gustaría ver desaparecer por completo al personaje en este tramo ya casi final de la serie. En paralelo, otros personajes no aparecen ni a saludar, otros tienen roles muy, muy chiquitos, y tramas importantes a lo largo de la serie (como el romance de Mashiro y Azuki) no avanzan ni medio milímetro. De todos modos, sobran las emociones, los diálogos perfectos (siempre bien traducidos por Nathalia Ferreyra) y la data grossa acerca del backstage de la antología de historietas más exitosa del planeta. El dibujo de Obata, magnífico como siempre. Y notable lo de Ivrea, que (más vale tarde que nunca) parece haberle encontrado la vuelta al tema de la periodicidad.
Retomo esta serie que tenía colgada desde el 14/01/15 y me encuentro con una aventura realmente fuerte, impactante, a todo o nada. Acá pareciera que Geoff Johns dijo “si con esto no logro darle chapa a Aquaman y que la gente se lo tome en serio, mando todo a la mierda y me anoto en un reality de travestis, enanos y chicas que se hacen cirugías plásticas para parecerse a sus mascotas”. Este tercer tomo tampoco tiene lo que a mí más me había cebado en el primero, que era esa mirada entre irónica e intimista a la vida cotidiana de Aquaman y Mera. Pero tiene algo que me gusta mucho y es un dilema moral potente en el eje mismo de la trama, que se anima a disputarle el protagonismo a la machaca grandilocuente (la Liga de la Justicia contra un ejército de atlanteanos y la horda de bichos caníbales a los que Arthur había vencido en el Vol.1). El final es impredecible, la interacción entre los héroes está muy lograda, el personaje de Orm tiene los matices que jamás tuvo en la versión pre-New 52 y nadie se va de acá igual que como llegó. En el dibujo mete mano demasiada gente (cuatro dibujantes y diez entintadores para 140 páginas… dejame de joder) y el que más se luce es –lógica y predeciblemente- Iván Reis. Me queda por leer (y creo que por comprar) un cuarto tomo de Aquaman de Geoff Johns y si está al nivel de este, voy a lamentar mucho que sea el último.
Tarde o temprano tenía que empezar a leer el material argentino editado este año, y así es como le llegó el turno a El Petiso Orejudo, la biografía en formato comic del famoso asesino serial, narrada por el guionista Pablo Barbieri (lo visitamos allá por el 13/09/13) y la dibujante Carina Altonaga, a quien ya vimos colaborar en un par de antologías. El libro tiene un problema frecuente en las ediciones de historieta actual: demasiadas carátulas y páginas en blanco. Si tenés 68 páginas de historieta y sacás un libro de más de 80 páginas, me estás cagando. Me estás cobrando por nada, o por algo que no me interesa leer. Ojalá eso algún día se entienda y empiece a cambiar. En cuanto a la historieta propiamente dicha, lo más difícil está bien resuelto: los autores no caen en la tentación de shockearnos con un festival de escenas truculentas, sino que estas son muchas veces narradas por los personajes. La historia real del Petiso Orejudo está llena de situaciones macabras, violentas y perversas y por suerte el libro logra generar tensión sin describirlas ni graficarlas en toda su atrocidad. El último tramo, el de la visita de Reilly al penal de Ushuaia, me pareció el mejor logrado, al punto de que bien se podría haber utilizado como secuencia troncal, como hilo conductor de toda la trama. El dibujo de Altonaga está muy bien, muy alineado a esa estética realista y oscura en la que brilló muchos años Leonardo Manco. La narrativa, en cambio, tiene algunos momentos de incertidumbre. Me queda la sensación de que se podría haber hecho mejor, pero que aquellos que se acerquen a la obra no desde el purismo comiquero sino desde el interés por el tema del primer asesino serial de Latinoamérica, la van a disfrutar muchísimo.
Me fui a la mierda. ¡Hasta la próxima!

domingo, 7 de agosto de 2016

LOS TRES DE ESTA SEMANA

Sigo leyendo a un ritmo lento, más o menos un libro cada dos días. Si sigo así, el material que me compré el mes pasado en España lo voy a empezar a leer en Octosto o Juliembre de 2017. Y el material argentino que sale esta semana por Crack Bang Boom, ni idea. Capaz que en 2018.
Arranco con el primer tomo de Suburban Nightmares, una extraña gema de la segunda mitad de los ´80 que nunca había podido conseguir. Esta es “la hermana menor” de The Silent Invasion, la galardonada saga de los canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas. De hecho, algunas de estas historias se publicaron como back-ups en esa revista. La gran diferencia entre Silent Invasion y Suburban Nightmares es que acá se suma un tercer autor al equipo, el dibujante John Van Bruggen, con lo cual la participación de Cherkas es menor. Además de historias en las que Van Bruggen se acopla perfectamente al estilo de Cherkas, hay otras en las que prueba otras cosas y sirven para ampliar el registro gráfico y mostrar la versatilidad de estos canadienses, que quedaron irremediablemente encasillados en el “estilo atómico” pero obviamente saben hacer otras cosas. Los guiones de Hancock son desparejos: la primera historieta (la más larga) es brillante y entre las historias más breves hay algunas geniales, otras simpáticas y otras que no aportan demasiado. Por supuesto que yo compro esto por los dibujos, pero Hancock tiene un bonus en sus historias que me resulta MUY atractivo: todo el tiempo juega con el humo que compraron los yankis en los ´50, cuando el trabajo, la familia y el progreso (corporizado en modernos electrodomésticos) eran sagrados y los comunistas y los marcianos llevaban terror a esos corazones nobles y amistosos. No es el único guionista que se metió con ese tema, pero lo hace realmente muy bien.
Opus es una de las dos obras que el maestro Satoshi Kon dejó inconclusas, en este caso porque cerró abruptamente la revista en la que se serializaba. Pero esta edición de Dark Horse (que reproduce la edición japonesa de 2011) incluye las páginas inéditas, las que se dieron a conocer después de la muerte de Kon y en las que el genio de la animación busca darle un final decoroso a su manga… y termina por convertirlo en un clásico definitivo. Opus juega todo el tiempo con dos niveles de realidad: el de un mangaka que está por terminar su obra más extensa y popular y los personajes y el mundo que él mismo creó para el manga y que ahora empiezan a interactuar con él de un modo… por lo menos sorprendente. El resultado es un meta-manga que (como Bakuman) revela mucho del backstage de los mangas más populares, pero esta vez en clave de aventura, con un villano zarpadísimo, persecuciones, combates, secuestros, torturas y muertes. Gran laburo del inolvidable Satoshi Kon, cuyo talento inverosímil para el dibujo, la composición y la perspectiva brilla incluso en esas páginas inéditas que están sin entintar.
Y cierro con el segundo tomo de Promethea, el hiper-clásico de Alan Moore y J.H. Williams III, con seis episodios uno más increíble que el otro. Los seis son joyas absolutas, pero hay dos que opacan al resto: acá está el famoso episodio en el que Promethea garcha con el viejo que promete enseñarle magia, y esa cátedra infinita en la que Moore repasa los 21 arcanos del tarot y los usa para explicar ¡en verso! la historia de la Humanidad (o por lo menos de Occidente) desde el big-bang hasta el cambio de milenio del año 2000. Uno sabía que del Mago se podía esperar mucho más que del guionista promedio, pero aún así esas 24 páginas fueron demasiado. Me acuerdo el impacto que me produjeron en su momento, cuando las leí en revistita, y ahora de nuevo, se me volvió a caer al piso la mandíbula. Lo que hacen Moore y Williams en Promethea es sacarle el techo a la historieta como medio artístico y de expresión. Sí, hay una heroína, sí, hay villanos, sí, hay aventuras y peligros… pero esto es otra cosa. Ya desde la puesta en página, sin necesidad de leer un sólo texto, resulta obvio que acá hay otra ambición, otra complejidad y otro nivel de talento, por supuesto. Estoy disfrutando muchísimo la relectura de Promethea. Pronto me clavo el Vol.3.
Como todos los años a esta altura de Agosto, este jueves arranca Crack Bang Boom y nos vamos cuatro días a Rosario, a vivirlo a full. Eso significa que hay pocas chances de tener nuevas reseñas antes del lunes, y lo más importante: que nos podemos encontrar en vivo y charlar un rato de comics. Si andás por la Crack, no dejes de acercarte a saludar a mi stand, y de paso llevate papa muy fina a precios cuidadísimos. ¡Nos vemos allá!

lunes, 1 de agosto de 2016

LEYENDO MUY DE A POCO…

En estos días leí muy poco. Por distintos motivos, tardé un montón en juntar tres libros leídos como para armar una reseña. Me preguntás cómo hice para leer un libro por día durante seis años y te tengo que responder “no tengo la más puta idea”.
Space Clusters es una novela gráfica de 1986, de cuando DC tenía su línea de novelas gráficas de ciencia-ficción. Esta la escribió Arthur Byron Cover, y es muy rara. El guión arranca como una típica aventura, bastante predecible pero con personajes interesantes. Cuando lleva 24 páginas de eso, Byron Cover pega un volantazo fumadísimo y la historia pasa a ser otra cosa totalmente distinta, cobra un vuelo muy loco, mucho más literario que historietístico y lentamente empieza a avanzar hacia una resolución también totalmente inesperada, al borde del WTF?.
¿Por qué me mantuvo atrapado hasta el final? Porque dibuja el maestro Alex Niño, genio del dibujo, la composición y la puesta en página. El color (también a cargo de Niño) es raro y hay momentos en los que hace un poco de ruido. Pero lo que está abajo, el dibujo a tinta, tiene una fuerza expresiva impresionante, una poesía, una magia, un riesgo, que te hipnotiza página tras página y querés que la hsitorieta no se termine nunca. Ojo, si no sos fan de Niño, no te recomiendo ni a palos esta obra. Pero para los fieles seguidores del filipino (notoria influencia en los inicios de Carlos Meglia) Space Clusters es fundamental.
Nos vamos a mediados de los ´90, cuando el glorioso John Byrne presenta su nueva creación en el sello Legend de Dark Horse: Danger Unlimited no oculta en lo más mínimo su parecido con Fantastic Four, pero una vez que arranca la historia, resulta obvio que los parecidos son apenas cosméticos. Lo que se propone contar Byrne es claramente otra cosa y el resultado es una saga atrapante, intensa, con muy buenos diálogos, una excelente presentación de personajes… que nunca volvieron a aparecer. Danger Unlimited fue un fracaso comercial que Byrne abortó tras apenas cuatro episodios y esto es lo que hay: la historia en la que se (re)forma el grupo. Nada más.
Felizmente, los cráneos de IDW decidieron engrosar el TPB con los seis episodios de Babe que realizó Byrne (también en los ´90 y en Dark Horse). Babe es un comic festivo, que combina hábilmente machaca superheroica con comedia cuasi-picaresca. Entretenimiento sin pretensiones, con apariciones copadas de personajes de otros autores (Abe Sapien, Shrewmanoid), un lindo gaste a Spawn y la intención de integrarse a una especie de universo heroico que lamentablemente Byrne nunca desarrolló más allá de estas páginas. El dibujo de todo el tomo es espectacular, y en el tramo de Danger Unlimited el anglocanadiense te detona el cerebro con su manejo apabullante de las tramas mecánicas. El color, más o menos. En su etapa en IDW Byrne tuvo coloristas mucho mejores. Pero bueno, si sos fan de este monstruo, esto hay que tenerlo.
Y cierro con El Carro de Hierro, una obra de Jason bastante antigua (la terminó en 2003), en la que el noruego adapta una novela de Stein Riverton. Se trata de un enigma policial, una serie de muertes extrañas que deberá resolver un detective frío y metódico, como uno se imagina a los detectives noruegos. A lo largo de 68 páginas, el misterio que plantea El Carro de Hierro logra ponerte muy nervioso. Jason narra la historia en su estilo de siempre, repleto de silencios, con escenas oníricas intercaladas en los momentos justos, con un montón de recursos pensados para acentuar la tensión. En blanco, negro y terracota (o marrón rojizo), la habitual imaginería de Jason se pone al servicio de una historia muy atractiva, con varios giros impredecibles y un final tan lógico como satisfactorio. Obviamente la faceta más violenta de la trama está des-enfatizada por este prócer del anti-pochoclo, que prefiere la parsimonia al vértigo y que no necesita recurrir al impacto típico de los thrillers para captar totalmente nuestra atención. No lo pongo entre las obras maestras de Jason simplemente porque no es un guión original suyo, pero el dibujo es magnífico y la historia se presta tan bien a la adaptación que si Jason te dice que el guión se le ocurrió a él, se lo creés.
Espero tener otra tandita de libros leída antes del finde. Veremos qué onda.